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De cómo uno escribe, y de cómo uno publicó. Lo que fue útil y lo que no.

Sobre mi proceso creativo (y lo que esto conlleva después)

En Teatro Clásico se solía terminar la representación con una frase: “Perdón por nuestras muchas faltas”. Yo quisiera pedirlas por adelantado, porque me cuesta mucho trabajo escribir sobre cómo escribo. Cuando lo hago, tarea introvertida e intimista donde las haya, uno se enfrenta, sobre todo, a su soledad, y excava en ella las historias que tiene en la cabeza. Y en esa soledad, todo resulta bastante natural. Sin embargo, la gente me escribe y me pide consejos, y de eso, precisamente, va todo esto. Voy a ofreceros mi perspectiva del proceso creativo, de las cosas que a mí me funcionan. Es posible que algunas al menos os vayan bien. Otras quizá no. Tendréis que descubrir cual es vuestro Libro de Reglas por vosotros mismos.

Y digo bien, mi perspectiva, porque lo primero que debemos tener en cuenta es que escribir es un proceso creativo, y como tal se comporta bajo las reglas del capricho humano. Lo que para unos escritores es alimento, para otros es veneno, como en el relato de Robert Sheckley. Por ejemplo, unos prefieren la soledad y la concentración, como King, y otros el ruido y el movimiento a su alrededor, como Rowling, que a menudo prefería las bulliciosas cafeterías de su ciudad para escribir. Esto puede parecer obvio, pero se aplica a todo el proceso de creación, por lo cual, debéis tener en cuenta que lo que funciona para mí puede ser un repulsivo para vosotros.

Supongo que es obligado hablar primero de dónde salen las ideas, pero imagino que todo el que siente la inquietud de escribir es porque no anda falta de ellas. Estas en realidad surgen de las vivencias que vamos acumulando diariamente. Hoy en día existe una abrumadora cantidad de material audiovisual que nos puede enriquecer en ese sentido, desde películas a otras novelas, documentales, series, cómics y videojuegos. Al fin y al cabo, es inevitable asumir que casi todo lo que se produce hoy es una reinvención de algo que ya existe. Cuando vi la película “Inception”, por ejemplo, me pareció una idea bastante potente, la de introducirse en los sueños de alguien y vivirlos en primera persona, alterando las leyes físicas que conocemos. Sin embargo, estoy seguro de que no habría sido posible si los hermanos Wachowski no hubieran producido antes la célebre “Matrix”, y ésta a su vez bebe de una gran cantidad de fuentes, incluyendo “Días Extraños” y “Dark City”.

Para mi última novela, por ejemplo, recordé un libro que estudiaba la obra de Stephen King. Allí, el propio autor decía que para sus primeros relatos había confeccionado una lista, y que esta lista incluía cosas que daban miedo al hombre. El número uno, por ejemplo, era “la oscuridad”, el número dos era “cosas que reptan”, el tres, “las ratas”, y más abajo en la lista había otras cosas como la enfermedad. Combinando un número uno con un número dos y un seis, confeccionaba un relato en el que unas ratas reptantes aterrorizaban a los propietarios de un granero. Me pareció un concepto curioso, y elaboré una lista de cosas que me dieran miedo a mi. Entre otras, estaban el miedo a perder la tranquilidad en el hogar, la pérdida de trabajo o clientes, y el miedo a la injusticia por mor de abogados caros que pueden llegar a torcer una situación determinada (esto lo vemos en películas constantemente). Con esas premisas, la estructura de una historia cobró forma de una manera casi espontánea, y los lectores de “Eden Interrumpido” han aplaudido mucho el nivel de angustia transmitido.

Con la saga de “Los Caminantes” no tuve demasiados problemas. Al fin y al cabo todo el entorno de la historia ya estaba inventado. El zombi es una aportación de George Romero quien, probablemente, utilizó el libro “Soy Leyenda” de Matheson para inspirarse a producir “La Noche de los Muertos Vivientes”. Era como tener un enorme cajón lleno de juguetes: solo tenía que sentarme y componer los diferentes elementos y toda la mitología del zombi para construir una historia. Naturalmente, hice mis propias aportaciones al género, como el Padre Isidro, quien tiene unas particularidades especiales que no mencionaré por si alguien quiere animarse a leer los libros, pero éstas surgieron espontáneamente como producto natural de la historia, que no habría existido en primera instancia sin esa retroalimentación constante a la que hacíamos referencia.

En cuanto a esto, la chispa de la idea, lo cierto es que a veces basta con caminar por la vida con una mente atenta, abierto a conceptos que brotan por todas partes. Es como un entrenamiento. Adiestras la mente, y cualquier cosa que alguien diga, enciende una chispa en la cabeza. Antes de dedicarme a esto no prestaba atención a esas cosas, porque no las necesitaba. Ahora, en cambio, hay probablemente más ideas que tiempo para plasmarlas. Sobre cómo se plasman esas ideas habría mucho que hablar. Supongo que hay tantos métodos y estilos como escritores hay en el mundo; en ninguna profesión fue tan cierto el viejo dicho de “cada maestrillo tiene su librillo”.

Bien, cuando comentamos en ferias del libro y jornadas, una de las cosas que más sorprenden a otros autores de mi particular proceso creativo es mi negativa a planear nada por adelantado. Improviso mucho, y aunque puedo tener un esbozo general de las líneas maestras por donde va a transcurrir la novela, dejo enormes huecos para la improvisación y la sorpresa. Es mi manera de hacerlo divertido, y sobre todo, de sorprenderme a mi mismo. He detectado que de esta manera puedo dejar mucho margen de maniobra a los personajes. Una situación determinada puede hacerles sentir de una manera particular, o sacar a la luz una tara que hasta entonces permanecía oculta; por ejemplo, un miedo exagerado a la oscuridad. Puedo así ajustar la línea de tensión de la novela con mucha flexibilidad. Si un capítulo ha quedado demasiado plano porque era un momento en el que los personas charlan sobre algún particular, siento el impulso de imprimir algo más de acción en el capítulo siguiente, y tengo la oportunidad de hacerlo. Además he comprobado que si sé demasiado de lo que va a ocurrir, mi prosa se vuelve acelerada y demasiado descriptiva, y a menudo tengo que detenerme a hacer una lectura crítica para lo que yo llamo adornar un texto. Cuando escribo prácticamente a ciegas, con apenas una luz guía a algunos metros delante de mi, me detengo más en los detalles. Me pregunto cómo se siente un personaje, qué reacciones puede tener, y la historia se va contando prácticamente sola.

Esto no lo he inventado yo, ni es tan inusual como parece. Es una escuela a la que se adscriben muchos escritores, entre ellos el maestro del terror Stephen King, o Federico Axat entre otros, y se llama “No Planification”. En la mayoría de los cursos a los que asistiréis os hablarán de crear una Biblia de Personajes, e incluso os propondrán desarrollar pequeñas historias de fondo para cada personaje con el fin de que vosotros mismos escarveis en su pasado y extraigáis su psicología, miedos, sueños y esperanzas. Como he dicho antes, tendréis que probar qué metodo os funciona mejor.

Usando este método comprobaréis que los personajes, a menudo, os ningunean, y acaban haciendo cosas fuera de lo previsto. A mi me pasa. En ocasiones tienes unas pequeñas guías de lo que va a pasar, pero las conversaciones entre ellos o sus reacciones ante un dilema determinado acaban sugiriendo algo diferente.

Personalmente siempre dejé que eso ocurriera, era la mejor manera de conseguir que el discurso de la narración fuera lo más natural posible. Resulta coherente, y creíble, y se evita esa sensación de que los personajes se mueven y reaccionan como si fueran marionetas, influenciados por la línea general de la trama. Se dice que fue lo que le ocurrió al gran Unamuno en una de sus novelas más celebradas, “Niebla”. Particularmente, en “Los Caminantes” por ejemplo, me propuse buscar el realismo, ya que el tema principal de la novela era demasiado fantástico en sí. Eso, unido a este ejercicio de improvisación, resultó en una de las características más aplaudidas de la novela, lo que un reseñador dio en llamar “planes fallidos”. Continuamente pasan cosas que están abocadas al fracaso, cosas que en cualquier película al uso hubieran acabado teniendo éxito por mor de algún “Deus Ex Machina”, pero en la novela ocurre lo que sería más lógico. Los helicópteros se estrellan si son pilotados por alguien sin la experiencia adecuada, la gente muere continuamente por las circunstancias más mundanas, y los planes originales se abandonan si hay motivos de peso para hacerlo.

En mi experiencia, como digo, se consigue frescura, naturalidad, y realismo.

Otro de los puntos a los que presté especial atención fue la documentación. No soy un experto en ninguna materia más que en la que desempeño en mi trabajo profesional fuera del ámbito literario, pero cuando hablan de las materias que conozco en el telediario o incluso en documentales, la información suele ser errónea. Con las novelas hay que tener mucho cuidado; nuestra criatura se expone a un público muy amplio, y seguro que habrá lectores que conozcan muy bien esos aspectos en los que estábamos dudosos. En “Los Caminantes” tuve que hablar con médicos, soldados profesionales, y hasta pasé una tarde entera en un canal de radioaficionados para que me explicaran cómo funciona una radio de onda corta. Esas cosas contribuyen también a hacer que la novela sea más sólida, entre otras cosas porque la gente siente que aprende cosas, y eso siempre es gratificante. Hay que tener una mente crítica con todo y no dar nada por sentado. ¿Cuántas veces hemos visto en las películas el mítico cóctel molotov fabricado con whisky u otras bebidas alcohólicas? Pues bien, no se puede. El alcohol es demasiado volátil como para que se inflame como lo hace en estos medios. Un pequeño fallo como ese hará que alguien levante una ceja, y automáticamente descalificará cualquier otra cosa que podamos inventar.

En “Los Caminantes”, y esto es más anecdótico que otra cosa, quise llevar este realismo al extremo de forzarme a que todos los lugares de la novela existiesen realmente. No hay ni una farola fuera de lugar, y aunque esto a veces me coartaba la imaginación para plantear o resolver situaciones, resultó que se convirtió en uno de los elementos que los lectores disfrutan más, porque hacen que la historia resulte aún más plausible. La liga, de una manera clara, a sitios palpables que la gente puede cotejar con fotografías, o visitándolos fisicamente. Es como ver una película después de haber leído el libro; a la gente le gusta ver sitios como la Iglesia de la Victoria y decir “¡es justo como me la había imaginado!”. Gente que vive fuera de Málaga hace el “Tour Caminantes” cuando viene aquí, y le gusta fotografiarse en los lugares más emblemáticos de la novela.

Bien. Otro punto de interés, y extremadamente importante, es la construcción de los personajes. Generalmente, ayuda tomar pequeños modelos de gente que conocemos y usarlos como base. Dicen que la realidad siempre supera a la ficción, y es cierto. Entretejidas en las personas que conocemos hay experiencias y rasgos que darían para novelas enteras, solo hay que saber extraerlas y dimensionarlas en el contexto de nuestra propia historia.

Los personajes con taras, por ejemplo, suelen simpatizar bien con la gente, por lo que se puede añadir algún rasgo distintivo que los vuelva humanos, y por tanto, más cercanos. Puede ser cualquier cosa, desde una disminución en su capacidad intelectual a un miedo latente que aflora con la historia. Los personajes que son pluscuamperfectos y tienen soluciones para todo en plan McGiver, como en la vida misma, caen más antipáticos, porque no resultan tan creíbles. Personalmente, encontré muy satisfactorio explorar personajes como niños pequeños, porque son las puertas a un mundo fascinante con su particular interpretación de la vida, en ocasiones desesperante, a ratos poética. Rápidamente, este tipo de personajes crecen ante nuestros ojos a medida que describimos lo que ven, y cómo sienten.

Es importante también presentarlos convenientemente en Sociedad, construir un trasfondo, explicar a qué se dedican, introducir algunas pinceladas de su forma de pensar, o algún hecho de su pasado que resulte interesante. En uno de mis libros invertí tres o cuatro páginas en introducir a un personaje llamado Sandra, elaborando su traumática vida como drogadicta. Conseguí, con rápidos trazos, que el lector simpatizase emocionalmente con el personaje. Parte de la clave estuvo en no intentar convencer al lector de que lo que estaba leyendo era un drama. Eliminé toda la carga sentimental innecesaria, el hecho concreto ya era bastante duro en sí; si se narra con cierta indiferencia, sin intentar “vender” nada, resulta mucho más convincente. Y esto lo hice solo para asesinar al personaje una página después, pero conseguí con ello que dicha muerte estuviese cargada de horror. Había hecho que el lector supiese de su vida y sus experiencias, le había hecho familiarizarse y sentir cariño por ella, y luego se lo arrebaté.

Mis novelas suelen ser muy corales. Lo hago así porque preciso que el lector no sepa nunca quién puede morir en un momento dado. Si contamos un un héroe preclaro, un protagonista indiscutible, el lector percibe que ningún riesgo es real, y lo sabe mirando simplemente cuántas páginas le quedan por leer. Al fin y al cabo, excepto en casos muy concretos, el protagonista suele sobrevivir a la historia, al menos hasta el final. Con una novela coral, nadie tiene carta blanca, y la tensión crece. Permite, además, explorar un sinfín de personajes diferentes, lo que añade diversidad.

Algo que me gusta hacer, y que añade a la construcción del personaje, es cambiar la voz del narrador de una forma sutil, según el personaje de quien se trate. Esto solo funciona si estamos concentrados en un personaje determinado en un momento concreto, lógicamente, de lo contrario se obtiene confusión. Pero por ejemplo, si tenemos a alguien rudo con una alineación caótica-neutral hacia la vida, dejo que la narración adquiera ese tono de crueldad indiferente, y no me importa emplear alguna palabra soez si viene al caso. Esto hace que el personaje se redimensione por encima de sus propias líneas de diálogo y, de alguna manera, contagie la narración, lo que funciona admirablemente bien.

Permitidme que os lea algo que ha aparecido en el muro de “Los Caminantes” mientras escribía estas líneas, para ilustrar cómo percibe la gente los personajes así construídos.

“Con esta novela he llorado, he saltado de alegría, he odiado y he sentido a veces verdadero pánico no de los zombies, sino de lo que pudiera ocurrir a los personajes (“Que no le pase nada…por favor, que no le pase nada!!”). En ninguna novela me había implicado tanto jamás.”

Como veis, se consigue que los lectores sientan una gran afinidad con nuestros actores de papel. Personajes buenos, malos, todos tienen su cometido en esta danza cuidadosamente coreografiada.

Un último apunte sobre esto. Alguien dijo de “Los Caminantes” que era una “oda a la vida”, en cuanto a que los personajes destilaban calidad humana. He leído novelas, y visto películas, donde absolutamente todos los personajes eran oscuros, tenebrosos, de una ética más que dudosa. Los némesis en las historias pueden ser sensacionales, pero cuando se abusa, y la mayoría del elenco es desdeñable, se pierde esa afinidad. A la larga, el lector acaba desfilando por una especie de galería de los horrores donde nadie importa mucho, al fin y al cabo, no le importa quién sufra o quién muera. No hay feeling, no hay deseo porque la historia acabe bien, o mal, sino solo porque acabe.

El diálogo. También es muy importante para mover y dar vida a nuestros pequeños actores literarios. A menudo es casi la única manera que tiene el lector de saber más de ellos. No diría que un personaje sin voz es un personaje mutilado, pero sí que complica las cosas. En “Hades Nebula”, el tercer volumen de la saga “Los Caminantes”, tenemos al némesis de la historia privado de la capacidad de hablar, pero a través de sus pensamientos y su forma enloquecida de ver las cosas, sigue funcionando como elemento inductor del terror. También tenemos al mítico personaje mudo del libro “La Danza de la Muerte” de Stephen King, que durante gran parte de la novela lleva todo el peso de la narración con maravillosos resultados. Pero en los momentos de diálogo se obtienen dos cosas: por un lado la voz del narrador se esconde, y es cuando la forma de pensar de cada actor sale realmente a la luz, sin interpretaciones ni transcripciones. Por otro, se hace descansar al lector del discurso narrativo. En su último libro “Todo Oscuro Sin Estrellas”, el mismo Stephen King hace hablar a su único personaje con cualquier cosa que se encuentra, desde el GPS TomTom al que llama, claro, “Tom”, hasta su bolso. El truco funciona, y hace que el relato fluya de una manera mucho más relajada que si toda la acción se hubiera descrito con la voz del narrador.

A menudo, escritores no publicados me dan a leer sus obras por que desean conocer mi opinión sobre sus trabajos, y percibo que el autor se esfuerza, quizá demasiado, por hacer gala de su prosa, olvidándose de este importante punto: los diálogos. La sensación que tengo al leer esos primeros esfuerzos con una marcada ausencia de éstos es la de intentar correr con alguien sujetándome por la camiseta. El relato pide a gritos esas pausas necesarias, esa manera de comunicación íntima con el personaje, pero no se produce, o no tanto como debiera. Nunca he entendido bien la razón, supongo que conseguir fluidez y naturalidad en los diálogos tiene su dificultad, pero resulta tan importante como todo lo demás.

Bien, hemos hablado brevemente sobre la chispa de la idea, construcción de personajes, documentación… pero si hemos hecho bien nuestro trabajo y hemos dedicado tiempo, después de aplicar estas pequeñas pinceladas tendremos una pequeña criatura en nuestras manos. Un escritor cuyo nombre no recuerdo (perdonádme) dijo que escribir un libro era como desenterrar un fósil. Hay que ir utilizando las herramientas adecuadas para ir desentrañando una historia que, de alguna forma, ya está ahí, pero invisible, oculta en capas y capas de sedimentos que hay que retirar con exquisita atención. A veces, si no somos cuidadosos, hasta el fósil más extraordinario puede quebrarse, o bien podemos perder la pista y no darnos cuenta de que más allá hay un buen montón de importantes restos arqueológicos que harían mucho bien a nuestra carrera. Una historia potencial que no hemos sabido explorar. El símil me gustó, porque se asemeja mucho a esa tarea lenta y minuciosa a la que todos nos enfrentamos cuando escribimos.

Pero esta criatura es aún joven, y querremos que nazca fuerte y sana. Una buena manera de hacerlo es dejarla reposar, olvidarnos de ella por un tiempo. Hay autores que se apresuran a ponerla en manos de sus lectores cero, gente de confianza o familiares que nos dirán lo que queremos oir. Es natural, hemos puesto mucho talento e invertido mucho tiempo en su gestación y queremos presentarla en sociedad. Pero si la dejamos reposar y acometemos cualquier otra tarea, cuando la retomemos al cabo de varias semanas, veremos los rasponazos en su flamante carrocería. Estaremos en posición de hacer una lectura crítica, mejor que la que cualquier lector cero o corrector de estilo podría hacer por nosotros.

Después de esa corrección postrera, probablemente, sí que tengamos algo que querremos enseñar. Aquí un punto MUY importante. Yo sería muy cuidadoso con los comentarios que podamos recibir, tanto los buenos como los malos. Henry Ford, el fundador de la Ford Motor Company, dijo que si hubiera preguntado a sus clientes lo que necesitaban cuando diseñaba su primer automóvil, éstos habrían dicho que un caballo mejor. Hay que tener el talante y la inteligencia de discernir qué son errores, y qué son aciertos, y saber defender nuestra historia. He visto demasiados casos de novelas truncadas por editores, correctores y jefes de venta que opinaron sobre un cierto final o alguna secuencia determinada que, a la postre, hubieran resultado brillantes en el conjunto de la obra.

Una vez hecho esto, probablemente no tengamos la suerte de tener una editorial esperando su publicación, y tendremos que movernos en ese sentido. Enviar la novela a las diferentes editoriales será, con bastante probabilidad, un ejercicio futil, a menos que hayamos cocinado algo tan sustancioso que consiga traspasar todos los comités de lectura que anteponen al editor. Entonces, ¿qué alternativas tenemos? Yo siempre he dicho que, cuando empecé, era un intruso en este mundo literario. Publiqué mi primera novela en Diciembre del 2009, pero antes de eso no pertenecía al sector en absoluto. Compraba mis libros y los leía, y ahí acababa todo. Nunca participé en ningún club de lectura, no tenía a ningún escritor en mis cuentas de Facebook ni Twitter, ni conocía a ninguno. Mi ámbito profesional era otro. Era un desconocido, que de repente, tenía una novela entre manos.

Lo que hice fue buscar un foro de literatura relacionada con el tema que estaba escribiendo, que en mi caso eran zombis. Hoy día hay una moda tremenda sobre el fenómeno y los libros publicados sobre el género llenan las estanterías de las librerías por docenas, pero en el 2009 apenas había un par de libros sobre el tema. Allí empecé a colgar los primeros capítulos y a dejar que la gente los leyese. Contestaba a todo el mundo, y agradecía cada comentario. Eventualmente, creé una pequeña página web, muy impactante, eso sí, con información del libro, un PDF con los primeros capítulos, alguna nota adicional y hasta una portada casera que hizo un sobrino mío. Tenía buena pinta; parecía un trabajo profesional.

Mi primera intención era publicarla en algún medio de auto-edición como lulu.com, pensando que eso de publicar un libro era algo descabellado, y que nunca me ocurriría a mi, pero los comentarios de la gente me hicieron replantearme que, quizá, “Los Caminantes” pudieran tener una oportunidad después de todo. Así que creé una cuenta de Facebook, hice un poco de publicidad adicional en algunos foros, y con todo eso y un registro de visitas, mandé el manuscrito a una editorial.

Pasaron unos meses. De vez en cuando mandaba un email preguntando si habían tenido oportunidad de leer mi obra, pero andaban en cuadro con diferentes problemas y no había habido tiempo para acometer su lectura. Acabé olvidándolo. Una noche recibí el providencial email. Me notificaban que la novela (y cito) “funcionará. Es tremendamente adictiva”. A partir de ahí, el libro terminó por aparecer en las librerías y el trabajo no hizo sino comenzar.

Hay que pensar que se trataba de una editorial pequeña, y no tenían capacidad para promocionar la obra como no fuera el eventual viaje a hacer alguna firma en Madrid, o Barcelona. Casi todo el trabajo se hizo desde internet. Redes sociales, foros… las tareas que normalmente realiza un “Community Manager” recayeron en mí, lo que hice naturalmente de motu propio y con mucho gusto, porque los libros poco a poco fueron dándose a conocer. A veces tenía la sensación de que vendía cada libro uno a uno.

Esta tarea de promoción es muy muy delicada, y conviene tener mucho ojo con esto. La línea que separa la información del spam es muy fina, y puede transgredirse con suma facilidad. He visto autores fracasar en su intento de promocionar sus novelas por pecar en un exceso de entusiasmo en este sentido. Nuestra mejor arma será el sentido común. En Facebook veo gente que recopila amigos como quien recoge margaritas en un prado, y luego inunda sus muros constantemente de información. Mucha de esa gente ha sido “atraída” sin saber de qué va la historia y puede acabar por sentir rechazo por semejante sobredosis de información. Hay que ser elegante, y ofrecer información paulatinamente, de forma que nuestra presencia sea constante pero informativa. No vale de nada poner cosas del estilo de “¡¿todavía no lo has comprado?! ¡a qué esperas!”, los lectores no quieren que les des tu magnífica ópera prima con cucharilla, quieren información, quieren leer lo que otros lectores opinan de la novela, y sobre todo, quieren decidir por sí mismos. En lugar de eso, podemos ir aportando pequeñas anotaciones sobre la novela o cuento que estás intentando dar a conocer, cosas interesantes que llamen la atención al potencial lector.

Conviene también buscar los circuitos literarios en las redes sociales. Busca editoriales, reseñadores de renombre, grandes clubes de aficionados a la literatura como “Anika Entre Libros” o “Abrete Libro” y empieza a presentar tu obra con honradez y naturalidad. Y cuando la gente se interese y todo eso esté funcionando… bueno, para entonces ya habrá algún editor que esté curioseando en vuestros muros, preguntándose qué es todo ese alboroto por ese manuscrito que busca de editorial.

Y este ha sido, en resumidas cuentas, todo lo que puedo contaros sobre lo que he podido aprender desde que empecé esta aventura.

Si lo pensáis, es un proceso curioso. Un escritor dedica meses y hasta medio año en producir, con mucho cariño y cuidado, una novela. Encierra todo su talento, sus mejores trucos, y toneladas de esperanza. Luego se corrige, depura, perfecciona, y se envía a una o varias editoriales a la espera de que un comité de lecture emita informes positivos sobre ella. En ocasiones pasa hasta dos o tres de ellos, compitiendo con varias docenas de otros manuscritos que han recibido en el mismo día. La oportunidad es pequeña. Si antes de la página número cinco no ha conseguido despertar el interés del profesional, se descarta de un plumazo. Después llega a otro comité, éste de evaluación, donde se discute si la obra tiene o no un hueco en la línea editorial establecida para ese año. Si se tiene suerte, se aprueba, y empiezan los contratos y las discusiones por unos anticipos de venta. Si es vuestra primera novela, firmaréis lo que sea, incluyendo derechos internacionales y cesión de derechos a terceros como la explotación cinematográfica, algo que de tener éxito, lamentaréis más tarde. Después, el libro se corrige, se contrata a un portadista y su trabajo se supervisa con los jefes de venta de la editorial, que como todos sabemos, son los auténticos jefes del cotarro. Se decide una, y se lleva a la imprenta. En última instancia, la novela se anuncia, y un mes más tarde acaba en un punto de venta, anegada por cientos de otros libros que esperan a alguien que los adopte. En ese momento, una señora anónima pasa a su lado, lo coge distraídamente, le da la vuelta, frunce el ceño, y lo vuelve a dejar donde estaba, donde dormirá otro día más. Paralelamente, la novela aparecerá en docenas de sitios web donde se ofrecerá como descarga gratuita para que decenas de miles de lectores se la bajen en nombre de la cultura.

Bienvenidos al mundo de los escritores profesionales. Si tenéis suerte.

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